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ISSN 1989-4163

NUMERO 134 - VERANO 2022

 

El 53 de Gilmore Place

Ramón Asquerino

Autor: Jesús Zomeño. Editorial Contrabando. 2021. 212 páginas. 14,25€

(«La imagen quebró su espejo» o el laberinto de los planos)(1)
Jesús Zomeño: El 53 de Gilmore Place: Valencia: Contrabando, septiembre 2021(2)
«¿ […] en mí hallaste tú a mí en la noche, ni tú eres tú, ni yo soy yo, aunque aún seamos tú y yo […]como si copiados vagásemos en un espejo?» (3)

*

«Hoy es cuando los dioses deben morir/ cargados de silencio en las estrellas», escribió Jesús Zomeño en uno de los tres poemas aparecidos en aquella Antología poética de 1984. Editor de la su colección de poesíaDiarios de Helena,también publicó artesanalmente —con claras señales de corondeles— libros en formato octavo de relatos y versos,reunidos en el Laberinto de la memoria. Ahora reaparece el Jesús lírico manoa sílabas entre versos de arte menor en el libro de 14 poemas Con vistas al mar (febrero de 2022):«Polifemo/ vive enfrente,/ tanta mirilla/ para tan poca puerta/», de “Resignación”, poema 5, en donde al eco homérico y joyceano se le une la memoria de Aníbal Núñez:«Salicio vive en el tercero izquierda»(4), porque ambos poetas aúnan clasicismo y modernidad. También en los dos autores sus personajesviven en su peculiar domicilio, como demuestraesta segunda novelaque señala la ubicación vecinal: El 53 de Gilmore Place, por cuya casapuerta nos vamos a adentrar.

Tres años antes había aparecidoEl cielo de Kaunas(5)de 2018, ambientada en esta ciudad lituanay dividida en III partes y 30 «capítulos» en números, como esta. Toda la I está detalladamente consignada con un parte meteorológico muy frío y en horas exactas. A ella se refiere El 53 de Gilmore Place al menos seis veces (pp.11, 12, 67, 141, 174,204),y cuyo protagonista es casi el mismo en las dos novelas. Por supuesto que en este breve currículum hay que recordar las colecciones de relatos, lade 2016 reunidos en Querido miedo, alrededor de la Primera Guerra de la que  Jesús Zomeño es un especialista y cuyo testimonio no podía faltar en esta novela, pp.72 y 114, ni faltó en la II parte de El cielo de Kaunas. También de 2016 es De este pan y de esta guerra, premio de la Crítica Valenciana, y otra con ilustraciones al estilo del expresionismo de su inseparable Miracoloso, Metralla, de 2019. Puedo decir que he tenido la oportunidad de haber leído casi la obra completa mecanoescrita de Jesús, antes de editarse, como en una suerte pregutenbergiana.

Y ahora nos llegan«Cargados de silencio en las estrellas» los personajes poco ilustres, quebradas sus imágenes en espejos rotos—pero no al modo de Valle—, antihéroes estrellados que perviven semivivos en El 53 de Gilmore Place. La obra se compone de un capítulo sin numerar y 30 en cardinalesmás una Nota final del autor, principalmente de agradecimientos. A modo de frontispicio se encuentran tres importantes elementos: la dedicatoria a Máximo Álvarez, que igualmente abre y cierra el libro como agradecimiento a sus abrazos de ánimos; la detallada cubierta de la bomba de Carlos Michel Fuentes, proyectil al que el autor se refiere varias veces con detallismo descriptivo (pp.36, 46, 99,172), y el tercero,la cita de El silencio de las sirenas (1917) de Kafka que comienzacon un «Érase una vez […]», fórmula esta feérica, de la cuentística popular, que induce a pensar que casi todo es imposiblemente posible en esta historia. La referencia a las sirenas también nos enlaza con el Ulises, 2/2/1922, capítulo 11, un verdadero alarde del mundo del oído, y con su correlato anterior, el canto XII de la Odisea de Homero. Igualmente, el gusto por las patatas del protagonista de Jesús (p.153) podría escuchar un rumorsimbólico afín ala patata en el bolsillo de Leopold Bloom. Aún hay más elementoskafkianos através de lo absurdo (pp.62, 118, 172, 204),y no lejos del Mihura de Tres sombreros de copa(1932, estrenada en 1952), p. 63 principalmente.También algo de Kafka se respiramediante esa sordidez (pp.33 y 198), pero mucho más intensa en El cielo de Kaunas,  junto a esa hora del Minotauro del aire—en este momento la absurda y cruel guerra por la que estamos abatidos—, gris marengoque rezumay cubre casi toda la novela, cuyos signos indexicales  son Edimburgo, Barcelona, Logroño, Glasgow (p. 191)…,a través deese laberinto de espacios temporales diseminados pero muy exactos:arranca con sucesos de1894 —fecha de la construcción de la casa de Gilmore Place —, pasa por 1926, 1934, referencias a nuestra Guerra Civil,1940 y 1941, los años 60, 1973 y 1976, y llega hastamediados yfinales de los 90.

El título de la novela, frecuentemente repetido, también posee un valor simbólico puesto que se encuentra en las páginas 11 y 19 y reaparece ya al final en la 207, conformándose de esta manera una estructura circular dentro de la que se enreda y desenvuelve el protagonista narrador anónimo, bajo su extensa soledad. La calle y el edificio actúan como otro personaje más y muy sobresaliente—recordemos, por ejemplo, el papel preponderante de la calle en La calle de Valverde, México, 1961, de Max Aub— incluso en su doble vertiente literaria y metaliteraria.

No desvelaré ni un ápice del final de las diversas intrigas que se entrelazan bajo un laberinto tan especular como reflexivo, porque nos encontramos ante una novela que esconde varios misterios —donde se incluye el de la propia casa de la calle citada—que hay que ir desencriptando despacio, como transcurre el paso de la narración en tempo lento, por ejemplo en la p.51, dondeson las 07:15, y dos renglones más abajo, pasamos a las 07:16,en un claro acierto del detallismo temporal que tiene su contrapunto en algunas descripciones minuciosas (p.124).La novela se entreteje a través de una narración en primera persona(6) (p.11: «pedí»y p.207:«tengo hambre», otra vez al principio y al final) por parte del protagonista, en la única perspectiva de ese inspector de policía (p.15) anónimo, escritor, enfermo a causa de un tumor (pp.118-122), acosado por sus compañeros reiteradamente (pp.30,56,70,143), quienes lo acusan sin motivo de pedófilo (pp.14,70), e incluso atentan contra su vida (136). Rodeado de enemigos dentro de la comisaría, a excepción de su fiel amigo Paco (pp.11 y 70), su casa lo libra al considerarlacomo su único y seguro refugio: «en casa me siento a salvo» (p.93).El inspector pretende desentrañarla madeja puramente policiacade un raro incendio en un cuartucho de inmigrantes en la calle Apóstol Mateo (p.13 y 107), pero sin el hilo de Ariadna y amenazado por la peligrosa situación constante en la hora del Minotauro del aire. Si bien la narración mantiene esa «Nueva Objetividad alemana (crítica social de los años 20 y 30) y la novela policiaca», adolece de la «técnica de montaje inspirada en el cine, que permite un constante cambio de perspectivas, un juego combinado de distintas voces narrativas que muestran lo relatado desde diferentes puntos de vista»(7), sin embargola novela no nos deja respirar nipor un momentoentrelas intrigas del laberinto de planos que se desvelan y acechantemente se deslizan.

Los capítulos giran en torno a esa referida y repetida circularidad y alrededor de una serie de constantes que jalonan sus páginasen forma de microhistorias,cajas chinas,episodios folletinescos (pp.144-146) de variopintos denunciantes, historias de espías nazis (pp. 117, 123), suicidios (p.127), crítica social (p.107: los treinta orientales calcinados y hacinados), con frecuentes saltos atrás (p.67), pero sin prolepsis. Relatoscruzados con el desamor de telón de fondo (pp.32,113), a través de una espléndida técnica de metanovela (pp.16, 27, 84, 105, 130, 141, 181, 196, 197, 206), máxime en la página 119, en la que el inspector corrige, borra y recapitula, en torno a su protagonista Mateo (pp.20, 27), con quienaparentemente se confunde a causa de ese juego de laberinto de espejos —tan bien observado por la crítica—,hasta el extremo de que el policía se identifica plenamente con su personaje (pp.20, 28 y 113) y se ve reflejado en él. De ahí, producto de esa mezcla equívoca de imágenes, la cita que encabeza como apertura este artículo, y que resulta tan unamuniana,aspecto este referido por la crítica, como la huella de Niebla que se trasluce en la narración (pp.20, 28, 113, 160, 181), sobre todo en la tajante afirmación: «convertirme en personaje literario», p.203.

Los seres imaginariossecundarios se encuentran desorientados ycomponen un desfile que arranca desde el antiguo amigo del colegio, o el compañero de la mili en Vigo,a quien también recuerda así en El cielo de Kaunas (p.186), el oncólogo Jaime (p.118),y llega al triángulo de Menchu-Julián-Roberto (pp.32,113); Enrique el barbero (p.54), el peculiar pakistaní  (185) del puesto de frutas; el aventurero y encubierto Albert Ginestà (pp.41, 45, 188) que, aun siendo español, vivió en el 53 de Gilmore Place, y sobre el que también se teje una historia de misterioso espionaje;el catedrático Pedro Alcántara (pp. 41,117), exhaustivo investigador, voraz del sexo; el citado Adam en sus correosdesde Edimburgo con el caso del  asesinato sin resolver (pp.23 y 118) y su historia intercalada entre las pp. 188-193; la presencia de la enigmática Cadence Hewity su marido (pp.53, 61,73)… Todos ellos configuran un Retablo de las maravillas, poliedro de historias, intercaladas algunas (con personalidad propia), micronarraciones otras que se entrelazan y resuelven dentro del laberinto de los dos planos de la novela:la propiamente dicha y su reflejo en la metanovela, y está en la otra, y así recíprocamente. Sereshumanos que deambulan entre cambios geográficos y temporales en un malabarismo que mueve los hilos,igual que un trujamán, la casa deEl 53 de Gilmore Place.

Los diversos platos y comidas igualmente proceden como una circularidad: se empieza con una lasaña con cuchara (p.11), ensaladas variadísimas (pp. 40,100, 112) hasta el extremo de que en la p.126 se traza un especie de similitud entre ensalada y novela: recordemos nuestrasensaladas, principalmente de romances, mezclas de versos, estrofas de diversos temas y muy populares en los siglos XVI y XVII, sobre todo para letras musicadas(8); guisantes (p.67), altramuces (p.118), el café  yla cerveza (176, 182), o el coñac; las aludidas patatas (p.153), sémola, piña, los doce yogures (p.142) con la cuchara en ristre, la dieta sencilla de la abogada María Elena (p.168), incluso aparece un club de cocina (pp.148, 151). Alimentosque sirven para cerrar con estilo desgarradamente metafórico lo que al inicio era solo un plato de lasaña con cuchara de la p.11:«Tengo hambre, es cierto, pero sigo una dieta desde niño, una que consiste en no comerme el mundo», p.207 y final.Igualmente, en El cielo de Kaunas (p.187) aparece la cuchara  dibujada en primer plano al final, en la ilustración de Raúl.Esa cuchara aludida y repetida (pp.10,11,12,26,48…) recuerda a las descritas y añoradas porel novelista ucraniano Vasili Grosman tanto en Todo fluye, Stalingrado —asedio que cita así Zomeñoen la p.182:«Las ruedas de la maleta que arrastro sobre el suelo de madera parecen las cadenas de un panzer alemán avanzando por Stalingrado»—,como en su continuaciónVida y destino(9). Anteriormente, la cuchara en Lorca se vincula a la violencia, al mito africano:«Con una cuchara/ les arrancaba los ojos a los cocodrilos/y golpeaba el trasero de los monos. /Con una cuchara»(10). También César Vallejo la usa como símbolo del hueco, del vacío: «como negra cuchara/ de amarga esencia humana»((11).Soledades de uno mismo, pesar retirado, vano, y sin acogida, compartidos por estos cuatro autores. No se puede olvidar la «Oda a la cuchara» de Neruda.

Entre la zarza ardiendo, con la amenaza del Minotauro, y el panorama laberíntico de las microhistorias entrecruzadas a través de esta constante metanovela en cajas chinas, Jesús recapitula para que el lector ni se queme devanando parte de lo anterior ni se pierda. Así, con mucha efectividad, resume el intrincado panorama de los relatos intercalados, como en la p.132, y con gran capacidad, por cierto, sobre todo para lectores extraviados sin Ariadna. Lectores a los que el narrador se dirige «os contaría su historia», p.168, la de la abogada María Elena y su esposa, otra micronarración, aunque en este caso se queda colgada. No faltan las referencias al mundo del cine, tan cercano a los gustos de Jesús Zomeño, con los guiños a Ladrón de bicicletas, filme que se introduce en la narración (p.21) como una película dentro dela historia de una denunciante peliculera. Igualmente, el mundo literario, que tan bien conoce nuestro novelista, aparece con alusiones a El guardián entre el centeno (p.174) oLa isla del tesoro (p.39).

¿Cuál es para el propio autorel epicentro de la Literatura? La cita no es corta, pero no tiene desperdicio: «Es un buen momento para desahogarme con la novelaque estoy escribiendo. Una historiatriste, de personajes desorientados, creo que es el momento de insistir en la desolación ajena, siquiera como terapia» (p.143). (Las cursivas  y negritas son mías).Se conjugan varios planos en estas dos oraciones, como casi por toda la narración. Así, en cursivas señalo la función de la Literatura, máxime en escribiendo, como alivio y esparcimiento tanto de ese mundo interior desasosegantecomo tratamiento para ahuyentar los miedos de dentro hacia el exterior, desde donde surgen los términosterapia, desahogarme, o antes (p.43) «me relaja pensar en la ficción».A la vez, el persistente  juego de la novela dentro de la novela. Téngase presente, además, la irrupción del novelista en primera persona(en negritas), que se desdoblaen el papel del narrador principal y de personaje de ficción, y en el de otros, como Adam (p.23) con sus correos: «¿ […]como si copiados vagásemos en un espejo?». No contento con esos detalles, se clasifica la narración como historia —sinónimo de novela—de tono melancólico, doloroso, de personajes desorientados, perdidos, ausentes (p.22, como su padre, que está condenado por la nostalgia),afligidos y moralmenteangustiados. Así loejemplifica esta otra afirmación que insiste en el  carácter desasosegante que envuelve a la novela: «vuelvo a pensar en todo lo que viene después de haberlo pasado bien» (p.177)(12). A fin de cuentas,toda esa amalgama de contradicciones es lo que nos convierte a nosotros en seres humanos. Y como telón de fondo y trasfondo, el ya tan recurrente motivo central de la técnica de la metanovela.

De vez en cuando, se coloreala narración conráfagas de lirismos(pp. 176-177 y 207), o mediante esta sentencia de vuelo rasante:«En mi vida todo es barato», p.43, que demuestra esaamplia y ancha soledad del narrador omnisciente. No menos lograda es la frase, para mí muy acertada y acerada: «[…] formando un trío en esa extraña cama que es la madrugada», p.176, donde, a las referencias del sexo que no faltan en la novela, se añade un desplazamiento del calificativo «extraña» en trío, o sea, en tres direcciones, pues tanto se refiere a «cama» como a «madrugada», ambos sustantivos en femenino y, opino, de ahí al salto vertiginoso hasta hacer cambiar de género masculinoal mismo «trío»,desplazando a este el adjetivo extraña y definiéndolo así, extraña y poéticamente.
Y ese gran broche como resumen: «pero sigo una dieta desde niño, una que consiste en no comerme el mundo». Perfecto remate que, por lo demás, no desvela el final de esta novela metida en otra, atravesada por microhistorias y laberintos que se entrelazan hasta perderse y reencontrarse, desarrollados tanto en estructura circular como especular, igual que el principio y cierre de esta presentación también de Luis Felipe Fabre:«[…] y lanzando la piedra al cielo de la fuente, la imagen quebró su espejo»(13).


Entre Ariadna y «la hora del minotauro del aire»fue el título de la presentación de esta obra en el Café Comercial de Madrid el 14 de marzo de 2022. Parte de este artículo se ha basado en aquella tertulia.

Todas las citas de las páginas entre paréntesis remiten a esta edición.

Fabre, Luis Felipe: Declaración de las canciones oscuras, Madrid: Sexto Piso, 2021, p.114.

Núñez, Aníbal: La luz en las palabras: Madrid: Cátedra: 2009, p.249.(Magnífica composición, que pertenece a la obra Definición de savia, y que gira, además, entre contrafacta y transmedia).

Zomeño, Jesús: El cielo de Kaunas. Contrabando, Valencia, 2018.

En El cielo de Kaunas la narración es en tercera persona en las partes I y II y en primera la III, es decir, también incluye, pues, distintas perspectivas. Cada una de ellas, además, lleva un subtítulo. Se añade una cita final, como colofón, de Dostoievski, muy acorde con el desarrollo de la novela.

Barea-Kulcsar, Ilsa: Telefónica,A Coruña: Hoja de lata editorial, 2019; p. 337: edc. de Georg Pichler, quien, en la cita entrecomillada, califica así esta espléndida novela, que se publicó por entregas en 1949 enel periódico ArbeitenZeitung austriaco, aunque no apareció en España hasta ¡2019!

JauraldePou, Pablo: Métrica española: Madrid: Cátedra, 2020, p.422.

Grossman, Vasili: Stalingrado: Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2020. Traducción de AndreiKozinets, p.1029: capítulo 39 y notas en p.1182. La obra, de la que hay 11 versiones,la acabó Grossman en 1952,  y se publicó en 1956: vid. pp.7-9.  La nota de los editores dice: «la cuchara era, junto con la taza, lo único que era del mundo civil y propiedad del soldado, era una posesión personal». Stalingrado es la primera parte de la más conocida Vida y destino (1960), 1980, Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2007, traducción de Marta Rebónp.70. De la página 620 procede la espléndida cita de «la hora del minotauro del aire».En ambas, la cuchara juega un papel fundamental. En Todo fluye (1963): Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2008, traducción también de Marta Rebón, p.154: «[…] una cuchara con el mango entero», la cuchara reaparece como un verdadero milagro entre tanta desolación invernal. Tres espléndidas novelas que merece la pena leerlas del ucraniano Grossman, quien hoy estaría al lado de su pueblo.Beevor, Antony: Berlín. La caída: 1945: Barcelona, Crítica, 4ªedc. 2002, p.53: señala: «Algunos de los cadáveres calzaban zuecos, y al cinturón llevaban tazas y cuchara», refiriéndose a los campos de concentración nazis cuando llegó el Ejército Rojo para su liberación. Igualmente se encuentra la cuchara en la p.218: «Al fin y al cabo las mujeres alemanas pierden abrigos de pieles y cucharas que son fruto de un robo», escribe Beevor citando a Ehrenburg. Del mismo autor, Stalingrado: Barcelona, Crítica, 4ªedc.2003. En la página 358 escribe siguiendo el manuscrito deBogomolov:«Bogomolov, con despectiva incredulidad, advirtió sarcásticamente al teniente Spektor de “que si permitía que esta conducta siguiera, se le confiscaría su cuchara”».

García Lorca, Federico: «Oda al rey de Harlem» (5/8/1929) Poeta en Nueva York. Edición de María Clementa Millán. Madrid: Cátedra,1987 (pp.125-132).

Vallejo, César: «La cena miserable»: Los heraldos negros, 1918, en Obra poética completa: Madrid, 2ª edc. Alianza Tres, 1983, p.101.

Me recuerda a Federico Benítez, protagonista de la novela de Eduardo SacheriEl funcionamiento general del mundo: Barcelona, Alfaguara, 2022, p.483: quien se pregunta  «[…] si sería cierto, nomás, eso de que la felicidad duraba quince minutos, porque si era verdad eso significaba que la felicidad había pasado». Y ya no habríadespués ni parecido, deduzco.

Luis Felipe Fabre: Declaración de las canciones oscuras : Sexto Piso, Madrid, 2021, p.115.

 

 


 

 

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